domingo, 13 de septiembre de 2015

Distancias





Nunca morei longe do meu país.
Entretanto padeço de lonjuras.
Desde criança minha mãe portava essa doença.
Ela que me transmitiu.
Depois meu pai foi trabalhar num lugar que dava
essa doença nas pessoas.
Era um lugar sem nome nem vizinhos.
Diziam que ali era a unha do dedão do pé do fim
do mundo.
A gente crescia sem ter outra casa ao lado.
No lugar só constavam pássaros, árvores, o rio e
os seus peixes.
Havia cabalos sem freios dentro dos matos cheios
de borboletas nas costas.
O resto era só distância.
A distância seria uma coisa vazia que a gente
portava no olho
E que me pai chamava exílio.

                   Manoel de Barros, Ensaios fotográficos

lunes, 7 de septiembre de 2015

Vuelo



Hay momentos en un vuelo en que todo se llena de calma. El avión no  se mueve, avanza flotando leve en el vacío ingrávido del cielo, en esa abstracción de nubes y azul. Entra la luz brillante por las ventanillas, y dentro todo está casi quieto, en paz. El llanto intermitente de un niño y su voz quejándose, los ruidos de los pasajeros, quedan lejos, son solo un fondo suave, un colchón. Yo cierro los ojos y me adormezco. Sin miedo a nada. Unos instantes.

domingo, 30 de agosto de 2015

Sobre morir


"El aire se había enfriado un poco, y como tenía la piel tan caliente tras el trabajo, me fijé en él, en cómo me envolvía apretándose contra la piel, entrando a chorros en mi boca cuando la abría. Cómo envolvía a los árboles delante de mí, las casas, los coches, las pendientes de las montañas. Cómo esas constantes avalanchas en el cielo que no podíamos ver se acercaban velozmente a un lugar al caer la temperatura, cómo se nos venía encima como inmensos oleajes, siempre en movimiento, cayendo lentamente, girando rápidamente en remolinos, entrando y saliendo de todos esos pulmones, golpeándose contra todas esas paredes, siempre invisibles, siempre presentes.
Pero mi padre ya no respiraba. Eso era lo que le había pasado, se había roto su relación con el aire, ahora sólo lo presionaba como a cualquier cosa, un tronco, un bidón de gasolina, un sofá. Él ya no se metía en el aire, porque eso es lo que uno hace al respirar, uno se vuelve a enganchar, una y otra vez se engancha uno al mundo."
                                                           Karl Ove Knausgard, La muerte del padre





No meterse en el aire,
dejar de fluir con lo que existe.
No ser ya canal, fuente, túnel, grito, desfiladero.
No ser nariz, corriente de aire,
canto, tronco, savia, ola, llanto, huevo, nido.
Dejar de respirar, de ser viento.
No encogerse de frío. Ser frío.
No ser ya tacto, tiempo.
Ser piedra, tierra, lodo.
Materia opaca
contra la que choca el viento.
No oír el viento.





jueves, 20 de agosto de 2015

Estocolmo

"Hasta que me mudé a Estocolmo tenía la sensación de que en mi vida había una continuidad, como si se extendiese ininterrumpidamente desde la infancia hasta el presente, enlazada siempre por nuevas relaciones, en un compleja e ingeniosa configuración en la que cada fenómeno que veía era capaz de evocar un recuerdo que despertaba en mí intensos sentimientos, algunos con un origen conocido, otros no. Gente con la que me encontraba que venía de ciudades en la que yo había estado, viejos conocidos, todo formaba una red densamente tejida. Pero cuando me mudé a Estocolmo, ese exceso de recuerdos se hizo cada vez más raro, y un día cesó por completo. Es decir, todavía podía recordar, lo que ocurría era que los recuerdos ya no despertaban nada en mí. Ninguna añoranza, ningún deseo de volver, nada"
                                                                  Karl Ove Knausgard, La muerte del padre

El traslado a otro mundo, otro espacio, conlleva de algún modo el abandono de quien fuimos antes, de la historia, el pasado, las referencias. Partir a otro paisaje, otro yo. Empezar de nuevo. 
En ese vacío nuevo, hay algo que engancha, un territorio sin equipaje. La vida se convierte en otra cosa, un transitar más leve, un recorrer los días como quien viaja siempre. Parece que se olvida. No se olvida, pero lo de antes, el otro sitio, es como una nebulosa, apenas se piensa en ello. Es mirar siempre a lo otro y a sí misma como a otra también, Te acostumbras y cada vez da más pereza volver. Sería como cargar de nuevo con todo el equipaje. Parece que pesa. Y aplazas el decidir. Y cada vez está todo más lejos. Más distante de quien eres ahora. Más cerca del olvido. Y tal vez es cierto que un día la añoranza cesa. Sin embargo, a veces vuelve y duele. El vacío y el olvido a veces duelen. 


domingo, 16 de agosto de 2015

El ser de cada uno




"Cada uno de nosotros tiene un tema principal, un hilo conductor, un estribillo, un perfume propio que lo envuelve, una música de fondo que lo acompaña siempre, inalterable, silenciada a veces, pero persistente e inevitable"

"Todos vemos cosas distintas, todos vemos siempre lo mismo, y lo que vemos nos define absolutamente. Y amamos instintivamente a los que ven lo mismo que nosotros, y les reconocemos al instante. Coloca a un hombre en  medio de la calle y pregúntale ´¿qué ves?´y en su respuesta estará todo, como en un cuento de hadas". 
                                                                                  Milena Busquets, También esto pasará

Una razón para escribir, para el arte en general tal vez: contar lo que vemos, hablar de nuestro tema, dar salida al estribillo, a  eso que nos acompaña dentro, siempre, que persiste, que va y viene con innumerables formas....


domingo, 12 de julio de 2015



Donde no puedas amar, no te demores
                          Frida Kahlo

sábado, 25 de abril de 2015

Techos y silbidos



El personaje de Federico Luppi dice al final de Martín (Hache): "¿Sabés qué extrañaba yo de Buenos Aires? Los silbidos, la gente que anda silbando por la calle. Aquí nadie silba por la calle, tardé en darme cuenta. Notaba algo raro pero tardé unos cuantos meses en darme cuenta. Casi me vuelvo. Me entraron ganas de volver. Pero pasó. Era absurdo. No se puede volver a un lugar porque querés oír silbar a la gente"

¿No se puede volver a un lugar porque quieres oír silbar a la gente? ¿Acaso no es un buen motivo a depender del tamaño del hoyo que nos provoque esa falta? Te quedas si aprendes a convivir con el hueco, con la orfandad. Si haces de ella un contenido.


I

Yo echaba de menos las luces tras los escaparates de las tiendas y los bares, recién encendidas al caer la tarde, en invierno. Las parejas  y los amigos sentados en los veladores de los cafés. Los primeros fríos. Recorrer las calles sin rumbo a cualquier hora, de noche. Las voces de los niños en el patio de la escuela, más allá de las ventanas, lejos. Las campanadas de las iglesias o de los relojes que tocan las horas. Las sirenas de las ambulancias al fondo.
El mundo que suena aquí en cambio todavía, a veces, me parece raro, algo ajeno y exótico. A menudo agresivo e invasivo, la música en todas partes, los pitidos incesantes de los coches. A veces, viene con los ecos de un mundo que ya se perdió: los vendedores ambulantes que cantan sus productos por las calles, o en las playas. Otras es el grito ensordecedor de una naturaleza intensa y excesiva, como las miles de cigarras que sonaban por las mañanas en el parque que había junto a la primera casa en que viví. Sin embargo, ya es un mundo también mío. Las paredes de mi casa, una burbuja, un lugar al que llegar también. Y los caminos que  dibujo con mis pasos: mi playa, dos museos, un teatro, las calles que piso. Algún amigo.
Pero año tras año, vuelvo a sentirme en casa, acurrucándome en las voces de los niños y en las sirenas, cuando despierto en Barcelona, cada vez que vuelvo. Me reconozco también en los ladridos de los perros y los cencerros lejanos de las vacas en el monte, allá en mi pueblo. El sonido del pertenecimiento.
II

Quedarse  en el sitio de uno, volver al sitio de uno; formas de amparo, de sentirse protegido. Un descanso. Sentir que se puede estar allí sin pensar en qué lugar se está. Sin que exista la conciencia de estar en otro sitio. El lugar está dentro de uno. Uno está dentro del lugar. No hay que hacer nada para habitarlo, para apropiarse de él. Todo lo que es ese sitio te pertenece: la luz, la temperatura, el ruido.

Irse del sitio de uno. Transitar por lugares nuevos, hacerse habitante de otro, ser adoptiva. Tiene su emoción. La libertad de construirse de nuevo, de ser otra, constantemente.  Al final, la casa la hacemos dentro.
III

Martín, el padre, en la película, se acostumbra a no oír los silbidos, a convivir con la orfandad, la falta. Constuye su casa-burbuja lejos de su país, se hace otro. Hache, el hijo, necesita volver a su mundo, para empezar a vivir, a construirse, a partir del pertenecimiento. Uno se va para quedarse. El otro vuelve.