Hay momentos en un vuelo en que todo se llena de calma. El avión no se mueve, avanza flotando leve en el vacío ingrávido del cielo, en esa abstracción de nubes y azul. Entra la luz brillante por las ventanillas, y dentro todo está casi quieto, en paz. El llanto intermitente de un niño y su voz quejándose, los ruidos de los pasajeros, quedan lejos, son solo un fondo suave, un colchón. Yo cierro los ojos y me adormezco. Sin miedo a nada. Unos instantes.
Vivir, viajar, moverse, cambiar, partir, perderse, quedarse... Caminar. Mirar. Escribir sobre el asunto.
lunes, 7 de septiembre de 2015
domingo, 30 de agosto de 2015
Sobre morir
Pero mi padre ya no respiraba. Eso era lo que le había pasado, se había roto su relación con el aire, ahora sólo lo presionaba como a cualquier cosa, un tronco, un bidón de gasolina, un sofá. Él ya no se metía en el aire, porque eso es lo que uno hace al respirar, uno se vuelve a enganchar, una y otra vez se engancha uno al mundo."
Karl Ove Knausgard, La muerte del padre
No meterse en el aire,
dejar de fluir con lo que existe.
No ser ya canal, fuente, túnel, grito, desfiladero.
No ser nariz, corriente de aire,
canto, tronco, savia, ola, llanto, huevo, nido.
Dejar de respirar, de ser viento.
No encogerse de frío. Ser frío.
No ser ya tacto, tiempo.
Ser piedra, tierra, lodo.
Materia opaca
contra la que choca el viento.
No oír el viento.
No meterse en el aire,
dejar de fluir con lo que existe.
No ser ya canal, fuente, túnel, grito, desfiladero.
No ser nariz, corriente de aire,
canto, tronco, savia, ola, llanto, huevo, nido.
Dejar de respirar, de ser viento.
No encogerse de frío. Ser frío.
No ser ya tacto, tiempo.
Ser piedra, tierra, lodo.
Materia opaca
contra la que choca el viento.
No oír el viento.
jueves, 20 de agosto de 2015
Estocolmo
"Hasta que me mudé a Estocolmo tenía la sensación de que en mi vida había una continuidad, como si se extendiese ininterrumpidamente desde la infancia hasta el presente, enlazada siempre por nuevas relaciones, en un compleja e ingeniosa configuración en la que cada fenómeno que veía era capaz de evocar un recuerdo que despertaba en mí intensos sentimientos, algunos con un origen conocido, otros no. Gente con la que me encontraba que venía de ciudades en la que yo había estado, viejos conocidos, todo formaba una red densamente tejida. Pero cuando me mudé a Estocolmo, ese exceso de recuerdos se hizo cada vez más raro, y un día cesó por completo. Es decir, todavía podía recordar, lo que ocurría era que los recuerdos ya no despertaban nada en mí. Ninguna añoranza, ningún deseo de volver, nada"
Karl Ove Knausgard, La muerte del padre
El traslado a otro mundo, otro espacio, conlleva de algún modo el abandono de quien fuimos antes, de la historia, el pasado, las referencias. Partir a otro paisaje, otro yo. Empezar de nuevo.
En ese vacío nuevo, hay algo que engancha, un territorio sin equipaje. La vida se convierte en otra cosa, un transitar más leve, un recorrer los días como quien viaja siempre. Parece que se olvida. No se olvida, pero lo de antes, el otro sitio, es como una nebulosa, apenas se piensa en ello. Es mirar siempre a lo otro y a sí misma como a otra también, Te acostumbras y cada vez da más pereza volver. Sería como cargar de nuevo con todo el equipaje. Parece que pesa. Y aplazas el decidir. Y cada vez está todo más lejos. Más distante de quien eres ahora. Más cerca del olvido. Y tal vez es cierto que un día la añoranza cesa. Sin embargo, a veces vuelve y duele. El vacío y el olvido a veces duelen.
domingo, 16 de agosto de 2015
El ser de cada uno
"Cada uno de nosotros tiene un tema principal, un hilo conductor, un estribillo, un perfume propio que lo envuelve, una música de fondo que lo acompaña siempre, inalterable, silenciada a veces, pero persistente e inevitable"
"Todos vemos cosas distintas, todos vemos siempre lo mismo, y lo que vemos nos define absolutamente. Y amamos instintivamente a los que ven lo mismo que nosotros, y les reconocemos al instante. Coloca a un hombre en medio de la calle y pregúntale ´¿qué ves?´y en su respuesta estará todo, como en un cuento de hadas".
Milena Busquets, También esto pasará
Una razón para escribir, para el arte en general tal vez: contar lo que vemos, hablar de nuestro tema, dar salida al estribillo, a eso que nos acompaña dentro, siempre, que persiste, que va y viene con innumerables formas....
Una razón para escribir, para el arte en general tal vez: contar lo que vemos, hablar de nuestro tema, dar salida al estribillo, a eso que nos acompaña dentro, siempre, que persiste, que va y viene con innumerables formas....
sábado, 25 de abril de 2015
Techos y silbidos
El personaje de Federico Luppi
dice al final de Martín (Hache):
"¿Sabés qué extrañaba yo de Buenos Aires? Los silbidos, la gente que anda
silbando por la calle. Aquí nadie silba por la calle, tardé en darme cuenta.
Notaba algo raro pero tardé unos cuantos meses en darme cuenta. Casi me vuelvo.
Me entraron ganas de volver. Pero pasó. Era absurdo. No se puede volver a un
lugar porque querés oír silbar a la gente"
¿No se puede volver a un lugar
porque quieres oír silbar a la gente? ¿Acaso no es un buen motivo a depender
del tamaño del hoyo que nos provoque esa falta? Te quedas si aprendes a
convivir con el hueco, con la orfandad. Si haces de ella un contenido.
I
Yo echaba de menos las luces tras
los escaparates de las tiendas y los bares, recién encendidas al caer la tarde,
en invierno. Las parejas y los amigos
sentados en los veladores de los cafés. Los primeros fríos. Recorrer las calles
sin rumbo a cualquier hora, de noche. Las voces de los niños en el patio de la
escuela, más allá de las ventanas, lejos. Las campanadas de las iglesias o de los
relojes que tocan las horas. Las sirenas de las ambulancias al fondo.
El mundo que suena aquí en cambio
todavía, a veces, me parece raro, algo ajeno y exótico. A menudo agresivo e invasivo, la
música en todas partes, los pitidos incesantes de los coches. A veces, viene
con los ecos de un mundo que ya se perdió: los vendedores ambulantes que cantan
sus productos por las calles, o en las playas. Otras es el grito ensordecedor
de una naturaleza intensa y excesiva, como las miles de cigarras que sonaban
por las mañanas en el parque que había junto a la primera casa en que viví. Sin embargo, ya es un mundo también mío. Las paredes de mi casa, una burbuja, un lugar al que llegar también. Y los caminos que dibujo con mis pasos: mi playa, dos museos, un teatro, las calles que piso. Algún amigo.
Pero año tras año, vuelvo a
sentirme en casa, acurrucándome en las voces de los niños y en las sirenas,
cuando despierto en Barcelona, cada vez que vuelvo. Me reconozco también en los
ladridos de los perros y los cencerros lejanos de las vacas en el monte, allá
en mi pueblo. El sonido del pertenecimiento.
Quedarse en el sitio de uno, volver al sitio de uno; formas de amparo, de sentirse protegido. Un descanso. Sentir que se puede estar allí sin
pensar en qué lugar se está. Sin que exista la conciencia de estar en otro sitio. El
lugar está dentro de uno. Uno está dentro del lugar. No hay que hacer nada para
habitarlo, para apropiarse de él. Todo lo que es ese sitio te pertenece: la
luz, la temperatura, el ruido.
Irse del sitio de uno. Transitar por lugares nuevos, hacerse habitante de otro, ser adoptiva. Tiene su emoción. La libertad de construirse de nuevo, de ser otra, constantemente. Al final, la casa la hacemos dentro.
III
Martín, el padre, en la película, se acostumbra a no oír los silbidos, a convivir con la orfandad, la falta. Constuye su casa-burbuja lejos de su país, se hace otro. Hache, el hijo, necesita volver a su mundo, para empezar a vivir, a construirse, a partir del pertenecimiento. Uno se va para quedarse. El otro vuelve.
domingo, 12 de abril de 2015
Momentos fugaces de un invierno efímero
I
¿Cómo es volver a un lugar donde
sigue la gente de siempre – algunos rostros familiares que conoces desde niña? Parecen
no haberse movido, en el mismo lugar donde siempre han vivido, sometidos al
ritmo lento de la vida conocida, el paisaje en que han nacido, el mismo sol que
dora las acacias desnudas todos los inviernos. ¿Cómo debe de ser vivir reconociéndose
en el transcurrir previsible de las horas, viendo a los otros – habitantes de
siempre del mismo barrio – salir por las mañanas, entrar en la oficina de la
caja, sentarse en la terraza del bar con la cerveza, envejecer poco a poco? Hay
algo plácido en ese existir lentamente
mientras se va haciendo tibio el sol del invierno y poco a poco se ensancha la
luz hacia la primavera. Esos rostros familiares, antes adolescentes o jóvenes,
hoy ya envejecidos, repitiendo gestos, rutinas, lugares. ¿Será para ellos esta
vida plana más reconfortante, más plácida, más fácil? ¿Se sentirán también inciertos,
difusos en un lugar inestable, nunca suyo?
II
Despertarte arrebujada dulcemente
en el edredón caliente, dormitando sin prisa, oyendo el silencio hueco de la
casa tibia todavía y las voces apagadas, lejos, de los niños en la escuela,
ignorando la absoluta precariedad del nido. Haciendo como que será así para
siempre, soñando que todo dura. Disfrutando del descanso absoluto de despertar
en la casa que te acoge. Amando el frío, la luz suave y paulatina de la mañana
invernal. Burbuja fugaz que te pertenece y no es intercambiable, ni eterna. Tal vez es la última vez. Habrá un día, ya próximo, en que no existirá este nido.
III
Reconocerte a tí misma en un
sitio. Pertenecer a las calles, el bar de la esquina, los bancos del parque, la
tienda de fruta. Formar parte de los ruidos, la luz, los cambios de las
estaciones. Es un descanso, un regazo, una forma de amparo. Vivir sin eso es un
viajar constante y lo malo es que ya no llegas a ningún sitio y nunca te
recuperas.
IV
La que recorre pasillos de metro
y calles y escaparates y habita los otoños y las cafeterías y el claustro de la
catedral, la que sueña y firma y fecha los libros, la que sale a mojarse de
lluvia, la que conduce hacia Levante por la carretera, la que fue. La que vive en el trópico y busca en el cielo
y mira el caos y los agujeros, la que guarda una caracola del Caribe, la que revive
a la que era cuando pisa de nuevo los pasillos. La que fue y la que es ahora. Las
dos. Absolutamente las dos. Ahora, en los pasillos del metro.
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